Iba por las calles a toda velocidad, intentando apurar en las curvas y saltándome más de un semáforo en rojo. A esas horas las calles estaban prácticamente desiertas y apenas había tráfico salvo taxis y algún que otro cliente motorizado en busca de prostitutas.
Andrés a mi lado se retorcía sin parar, no abría la boca excepto para soltar algún gemido quejumbroso. Estábamos ya cerca del hospital cuando al ir a torcer en la penúltima calle veo de nuevo un semáforo acechando a cambiar a encarnado, acelero el motor, pero no me doy cuenta de que delante de mí hay otro vehículo más civilizado que frena bruscamente. Piso el pedal de freno a fondo, pero hace años que no hago un cambio de ruedas y patinan hasta que inevitablemente me empotro contra el trasero del otro vehículo. Andrés ha pasado de sus plañideros lamentos y de sus “¡ay!” a unos terribles alaridos que me dejan aturdida. Maldigo mi mala suerte en el idioma que domino.

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