Sexo en mi jardin

Pero mi deseo de colgar se vio truncado por una madre persistente y con mucho tiempo libre. Era imposible cortar la conversación, daban igual mis repetidos silencios, o el hecho de que no contestara sus interrogantes. Yo sabía que no esperaba ni deseaba respuesta alguna por mi parte, sólo quería criticar, intentar sonsacarme información de mi vida, de la de María y de quien estuviera a nuestro alrededor. Estaba aburrida, con mi maravilloso pero aún virgen e inerte juguete en mi mano, deseando que cobrara vida. Me tumbé en la cama mientras mi madre continuaba con su apasionante sermón. Yo ya conocía cada detalle de su perorata y sin querer fui entrando en un estado de ensoñación, con el teléfono en una mano y el juguete en la otra hasta que por fin, la voz de mi madre entró en mis oídos suavizada, como una dulce nana ausente de todo reproche.

Me había quedado profundamente dormida.

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