Froto mis ojos e intento pensar que nada de lo que me está pasando es real. Los ojos se me nublan cuando veo que no hace falta llamar a un agente de la autoridad para que me ayude a rellenar los papeles que creo que tiré la última vez que limpié el coche. Precisamente he chocado contra un vehículo de la policía. El golpe no ha sido muy fuerte. Intento relajarme ante la llegada de los “amables” ocupantes del coche accidentado por mí. El daño material ha sido escaso, pero la multa que me va a caer va a ser de órdago. Intento explicar mi estado de nervios, la cara de dolor de mi acompañante me ayuda a que se crean toda la historia, o eso quiero creer. Me extienden el papel con el castigo, relleno los documentos del parte y firmo todo lo que me ponen por delante. Parecen satisfechos por fin y amablemente nos escoltan hasta el hospital. Creo que realmente han pensado que todo era una mentira y sólo se están cerciorando de lo contrario. El letrero luminoso de urgencias parpadea rítmicamente y se asemeja a un letrero de un prostíbulo de carretera. Los policías ayudan a Andrés a entrar en la sala de espera y les sigo.

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