Por fin llegué a mi casa. Estaba aún algo abochornada por el traspié que me había dado en la calle y deseaba no encontrarme en una buena temporada con mi vecino de enfrente, pero no las tenía todas conmigo, dado que realmente pensé que alguien que me quería mal me había echado el mal de ojo ¿Sería acaso mi ex suegra?
Entré en mi dormitorio y contemplé la caja con mi nuevo juguete. Me desvestí con premura y lo saqué con cuidado. No había que tener muchas luces para saber su uso correcto: abrir tapa, coger pilas, meter pilas, cerrar tapa, dar botón, abrirse de piernas y hacerlo desaparecer poco a poco disfrutando lo máximo posible. Me tumbé en la cama, cogí mi nuevo amante y lo unté generosamente con el lubricante que acompañaba al mismo de regalo. Poco lo necesitaba, el hecho de tenerlo entre las manos había sido más que suficiente para hacer manar todo un manantial entre mis muslos.

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