- Péinate y maquillate - me dijo mientras me ofrecía unas botas negras que tengo mientras él seguía urgando en mi cajón de la ropa interior. No dije nada y terminé de vestirme. Me levanté para que me mirara y busqué su aprobación sin adivinar qué tenía en mente.
- Eres preciosa. Cierra los ojos y date vuelta.
Extrañada obedecí. Me vendó los ojos y amarró mis manos a mi espalda para después tumbarme de cara sobre la cama. El sentirme indefensa me produjo un placer que no conocía. Actuaba violentamente y yo me imaginé que era víctima de un demente. Estaba excitadísima por lo que me dejé hacer lo que mi cuñado quería.

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